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    La Fototeca y su aporte al desarrollo de la fotografía en Guatemala: Identidad, Registro, Comunidad

    Acerca de La Fototeca

    La Fototeca y su aporte al desarrollo de la fotografía en Guatemala: Identidad, Registro, Comunidad

    Este texto fue publicado inicialmente en el libro «Lenguajes de Luz: Dos Siglos De Fotografía En Guatemala (1844-2018)», en Guatemala, noviembre de 2018.

    La idea de una escuela de fotografía en Guatemala, incluso en la primera década del siglo XXI, no solo resultaba novedosa sino que también constituía una ruptura. Resultaba novedosa porque el panorama cultural local aún era limitado.

    A pesar de que ya existían algunas instituciones comprometidas con la cultura, en su enfoque primaba un discurso de posguerra combinado con un deseo de alcanzar el ritmo de desarrollo que el arte contemporáneo estaba teniendo a nivel global, con énfasis en el conceptualismo. La Fototeca introducía una nueva posibilidad fuera de esos discursos y afanes. También significaba una ruptura, pues le abría las puertas a un mayor número de jóvenes artistas para comunicarse por medio de la imagen sin la necesidad de entrar a esa institución del arte contemporáneo, y ampliaba el campo en un país donde la mayoría de galerías de arte mantenían su negocio gracias a coleccionistas de pintura moderna de artistas de renombre.

    Esa ruptura también puede verse a nivel social. Abrir una escuela de fotografía con un cupo inicial de más de un centenar de estudiantes significaba darle herramientas a una generación que se había formado en un sistema educativo cada vez menos eficiente. En los años noventa, la visión de las agencias internacionales y las políticas educativas de “desarrollo” se tornaron de “calidad” a “cobertura” en la educación pública y el discurso neoliberal de la productividad y empleabilidad empezó a extenderse en la educación privada. La educación artística, por otro lado, era prácticamente nula y tradicionalista.

    La comunicación visual, más que la verbal, tiene el poder de ser disruptiva, sin miedo a la censura. Puede ser controversial sin serlo, crítica sin ser tomada de entrada como tal, puede ser una forma de incitación en apariencia inofensiva. En ello radica su poder. La comunicación que se da por medio de la imagen es directa, clara y accesible. Los jóvenes tenían ahora el potencial de apropiarse de instrumentos para hacerse oír, para oír a otros y para proponer, por medio de la imagen, perspectivas que antes no podían ser vistas, que habían permanecido acalladas o sumergidas en la oscuridad que nos dejó la guerra de más de 30 años durante el último cuarto del siglo XX.

    Esas herramientas constituían también una ruta. Los jóvenes fotógrafos que por primera vez se integraron a un programa formal de educación artística descubrieron no solo otras perspectivas sino también la oportunidad de definir un camino hacia la construcción de su propia identidad. De ese modo, en un contexto en proceso de (re) construcción y transformación en medio del conflicto, la inseguridad y la crisis (para lo que la zona 4 de la ciudad de Guatemala resulta una analogía idónea), una generación a la que le había sido privada su identidad comenzaba a buscarse.

    IDENTIDAD

    La generación nacida en la última década del siglo XX es hija de la generación del silencio y el escarnio. Creció en una época en la que era mejor no hablar como efecto de la represión de los años 80. “Los silencios pueden ser ausencias deliberadas o simplemente omisiones resultantes al momento histórico en que se priorizan determinados ejes temáticos”. Esa cultura, caracterizada por la falta de interés y participación, la escasez de voces y la uniformidad del pensamiento comenzó a cuestionarse y a romperse por medio del arte. Era solo por medio de otros lenguajes que podía hacerse una crítica directa al statu quo y los artistas no dudaron en hacerlo. En esa última década se dio un nuevo despertar en el arte, que ahora utilizaba medios de expresión no tradicionales, influyendo en un círculo reducido de la cultura local.

    Sin embargo, llegamos al siglo XXI aún en silencio. Las generaciones más jóvenes de clase media urbana, ya en un mundo globalizado con acceso a una gran cantidad de referentes visuales y artísticos, y con la influencia de una industria cultural más poderosa que nunca, estaban desprovistas de una voz que pudieran identificar como propia. La imitación, la aspiración capitalista y la negación de la propia esencia se normalizan en una cotidianidad bombardeada de mensajes, primordialmente visuales, que a pesar de ser “ruidosos” siguen manteniendo en silencio la historia y la realidad más próxima. A partir de 2011, muchos de esos jóvenes llegaron a La Fototeca a la búsqueda de algo, probablemente no siempre definido, pero al final una búsqueda, una necesidad propia de la edad pero también resultado de vivir en un lugar que por momentos parece no querer darnos mucho o nada.

    Esa búsqueda está motivada por un cuestionamiento y un auto cuestionamiento, por el deseo por descubrir un significado, de hacer sentido de las cosas. En un contexto artístico, esta búsqueda es natural pues se percibe como inherente al proceso creativo: se invita desde el inicio a los jóvenes artistas a comprometerse con esta y se la presenta como emocionante. Quizás por ello, es un gancho tan poderoso en un país como el nuestro. Es un acto de rebeldía que le resulta atractivo a la mayoría de los jóvenes. Pero la ganancia no es solamente esa. La exploración y el descubrimiento de significado implican la construcción de la identidad propia. El comprenderse mejor a uno mismo y comprender el propio entorno permite hacer interpretaciones informadas y desarrollar una narrativa personal. Significa conciliarse con la mortalidad, es una respuesta a la incertidumbre que caracteriza nuestra condición.

    Es por ello que La Fototeca, quizás sin quererlo, se fue convirtiendo en un espacio en donde una generación entera fue descubriendo su realidad y su relación con esta, a la vez que desarrollaba un lenguaje que le permitiera participar y superar un silencio que no sabía nombrar. La escuela de fotografía se volvió un espacio de “emergencias”, como las denomina Ernst Bloch, el “todavía no” posible que se hace un espacio entre lo que es y lo que no es.

    Los estudiantes de La Fototeca, muchas veces provenientes de distintos estratos, de distintas edades y disciplinas, descubren por medio de la fotografía que los sentimientos existen fuera de lo innombrable. Frecuentemente, estos estudiantes se ven confrontados consigo mismos. Espacios cotidianos y objetos personales se vuelven un retrato y luego una narrativa que conocían pero que no reconocían como propia. Así, esas primeras fotografías “serias” son un paso hacia atrás del “yo” que les obliga a observarse y pensarse por primera vez. Es una relación con la imagen que “supone una desfamiliarización, una toma de distancia con lo archiconocido, con la inmediatez de la rutina y el hábito”. Esto se ve claramente en la casa y los objetos de la abuela de Valeria Mejía, las intervenciones sobre los retratos del padre de Ana Werren, las escenas íntimas y la poesía de Bea Zamora. Las tres son estudiantes de La Fototeca cuyo trabajo fotográfico ha seguido desarrollándose y ocupando espacios clave en galerías, festivales y publicaciones. La imagen tiene ese poder. Observar implica pensar y pensar nos lleva a pensarnos a nosotros mismos.

    Esa observación pensada abre las posibilidades del pensamiento en adelante. Los estudiantes de arte en general pasan por un proceso de transformación en su manera de percibir el mundo e incluso de experimentarlo. Los profesores de La Fototeca hemos visto a innumerables personas que llegaron buscando un espacio para la dispersión y se quedaron habiendo descubierto no solo la lente fotográfica sino una lente propia nunca satisfecha, siempre curiosa, siempre cambiante.

    Walter Benjamin escribió hace un siglo: “Parecía que nuestros bares, nuestras oficinas, nuestras viviendas amuebladas, nuestras estaciones y fábricas nos aprisionaban sin esperanza. Entonces vino el cine y con la dinamita de sus décimas de segundo hizo saltar ese mundo carcelario”. Podemos decir que lo mismo sucede con la fotografía. Si bien es una imagen quieta, la fotografía suspende en el tiempo un gesto, un detalle, un lugar que de otro modo no habría sido visto. Lo abstrae del barullo cotidiano para ponérnoslo enfrente y nos hace contemplarlo, como no contemplamos la cotidianidad, sobretodo hoy que nuestra vida tiene un ritmo cada vez más veloz y que nuestro afán por imitar el cine comercial nos ha llevado a borrar ese límite que antes existía entre la toma cinematográfica y la rutina diaria. Tampoco las redes sociales y su característico bombardeo de imágenes nos da la posibilidad de la contemplación, pues ahí no existe la quietud, solo la prisa, la superficialidad, la ansiedad por lo que viene después en detrimento del ahora. Hoy, es la quietud de la imagen fotográfica en el contexto expositivo y en el aula en la que los estudiantes de La Fototeca la crean y (re) descubren, la que nos sorprende y nos regala “detalles escondidos de nuestros enseres más corrientes”, y nos permite emprender “viajes de aventuras”.

    Afinar el ojo y los sentidos significa magnificar la sensibilidad, ponerla al frente. La sensibilidad y la empatía van de la mano. En un país que por herencia niega y resiste la sensibilidad, el que exista un espacio educativo y expositivo donde esta es central es, en sí mismo, un acto disruptivo. Son escuchados y escuchan, son observados y observan. Los nuevos fotógrafos experimentan un cambio en sus nociones de lo estético pero también en sus valores. Aprenden a ver la fotografía de una manera distinta y con ello también a ver el mundo y a verse a sí mismos de otro modo. Y eso ya es bastante, aunque aún falte seguir cuestionando la episteme para comenzar a plantearnos una realmente nuestra. Pasar, verdaderamente, de la identidad individual a la recuperación del “nosotros”

    REGISTRO

    El proceso de aprendizaje de los estudiantes de fotografía está definido por la práctica del registro. Ese registro le da centralidad al proceso en tanto que documenta cada decisión y cada paso que el aprendiz va dando. Ver el propio proceso es una forma de ver el propio pensamiento: es un acto metacognitivo.

    La documentación que realiza el estudiante tiene dos dimensiones: documenta su entorno, objetos o personajes a la vez que va documentando su proceso creativo, su evolución como artista o como creador de imágenes. Queda grabado así, tanto el momento de su nacimiento como tal, como el del surgimiento de una gramática que pueda llamar propia. La evidencia que recopila, recolecta, procesa e integra se convierte en el respaldo, la prueba misma de su desarrollo, de sus alcances. Es por ello que ese registro tiene una cualidad narrativa, es la historia de una experiencia. Es un acontecimiento, más que un resultado, que da lugar a un registro autobiográfico, haciéndole un guiño a Harold Rosenberg.

    Es en la práctica donde el aprendiz se hace creador de imágenes, es así como llega a dominar su instrumento y eventualmente a dar el paso del dominio a la creación. Esa práctica le brinda la posibilidad de descubrir constantemente cosas nuevas: ver con otros ojos a través de la lente, ver a través de la lente de otros y descubrir otras perspectivas en las imágenes creadas por los fotógrafos ya consagrados. Es una práctica de la cámara y de la habilidad de observar.

    Observar el trabajo de otros se convierte en una manera de aprender otros idiomas y asomar el rostro en otros mundos. Como una Torre de Babel donde, a la vez que surgen los idiomas también se desarrolla un entendimiento de cada uno de ellos. La mayoría de los estudiantes que llegan a La Fototeca no tienen un conocimiento previo del mundo de la fotografía y sus principales representantes, por lo que estos se convierten en parte del claustro que ha de guiarlos. De ese modo, adoptan nuevos referentes: muchos se enamoran y pasan por una etapa de imitación. Pero ese “probarse el traje” del fotógrafo les brinda estrategias y métodos que pueden resultarles efectivos; estrategias y métodos que, como lo reflejará el registro de su proceso, se vuelven parte del aprendizaje colectivo de la escuela.

    Tener un nuevo lenguaje nos da la posibilidad de decir cosas nuevas, cosas diferentes, de hacer pronunciable lo inconmensurable. Decir significa también nombrar. Permite crear metáforas, alegorías y metonimias y “transformar objetos imposibles en objetos posibles, objetos ausentes en objetos presentes”. Tener a la vista el proceso en que dicho lenguaje fue emergiendo tiene un valor adicional. Ver hacia atrás y reconocer el camino que nos ha llevado a donde estamos es algo que la educación en general aún tiene que aprenderle a la educación artística. Con ello, aceptar que el proceso está lleno de complicaciones y sobretodo de incerteza.

    Generalmente, se nos hace pensar que la certeza es mejor. Se nos ha dicho que debemos buscar la certeza; la respuesta correcta y definitiva, la estabilidad. Pero la certeza, en su fijación, se petrifica, estancando la construcción del conocimiento. El aprendizaje no se da en un lugar estable. El conocimiento solo surge de la duda y de la apertura a otros puntos de vista. Es necesario darle cabida a lo incierto, que es por naturaleza inseguro. Reconocer el aprendizaje como propio y compartido, como un proceso de naturaleza cambiante, caracterizado por el desequilibrio, los retos y los cuestionamientos lleva a una indagación con la cual comprometerse íntimamente, a largo plazo. Los archivos de fotografías tomadas, de imágenes borrosas, de escenas movidas, son una “memoria del hacer” como diría Heidegger. Y esa memoria es fundamental para la construcción de lo nuevo, es el trazo de una ruta palpable que permite el avance.

    Observarse es escucharse. Escucharse por medio de las imágenes y aprender a leer a los otros por medio de las imágenes que crean. Ser escuchados profundamente es ser valorados y requiere estar abierto a la provocación. Los estudiantes reciben pero también están obligados, a cambio –como en un acto de agradecimiento– a dar crítica. La Fototeca está llena de momentos para la retroalimentación y por ello sus integrantes pueden verse más como pensadores que meros aprendices. La única regla que existe en ese proceso es la de la escucha atenta. Las fotografías no se evalúan, se valoran. Los estudiantes saben que todo lo que hacen tiene valor y significado.

    La documentación que se genera permanentemente también es un registro de la realidad de un país, de una generación, de un momento histórico. El mundo visual y sus prácticas de representación son ventanas y también lentes de aumento para ver directamente cómo piensan los creadores de imágenes, qué valoran, cómo entienden la realidad, y a partir de ello, ver la realidad de una manera más amplia y completa. Como apunta Macherey: “Cuando se ve cómo fue hecho un libro, también vemos desde dónde fue hecho; este defecto le da una historia y una relación con lo histórico”.

    Nos enfrentamos entonces a un reto adicional de la escucha atenta y de la observación pensante: lo que vemos y lo que no. Pues en el acto de documentar una cosa sobre la otra o resaltar un objeto sobre otro podemos leer otros significados. “Al enseñarnos un nuevo código visual, las fotografías alteran y amplían nuestras nociones de lo que merece la pena mirar y de lo que tenemos derecho a observar. Son una gramática y, sobre todo, una ética de la visión”, y lo que tenemos derecho a mirar es producto de nuestro contexto, así como la gramática y la ética de la visión. Es importante reconocer estos reflejos y refuerzos de un esquema existente pues en su identificación radica también la posibilidad de cuestionarlos.

    “Toda fotografía es una ficción que se presenta como verdadera. Contra lo que nos han inculcado, contra lo que solemos pensar, la fotografía miente siempre, miente por instinto, miente porque su naturaleza no le permite hacer otra cosa (…). El buen fotógrafo es el que miente bien la verdad”. Esta es la paradoja de la fotografía como documentación: documenta y falsea a la vez pues en esa falsificación de la realidad pone en evidencia a la realidad misma: los intereses, las influencias del pensamiento, el marco ideológico, las limitaciones sociales, la opresión. Mentir bien la verdad adquiriría entonces otro significado en este contexto y quizás en muchos otros. Sería disfrazar algo poniendo en evidencia, con el engaño, la verdadera agenda, el “subconsciente”. Es el disfraz de los personajes del joven fotógrafo Martín Wannam, que en su exageración se desnudan.

    Es así como por medio de la fotografía seguimos certificando nuestra experiencia –la experiencia humana. Vivimos, de hecho, en una época en la que todos lo hacemos, como habiendo seguido la recomendación sontageana de que “todo existe para culminar en una fotografía”. Pero en un contexto donde la memoria ha sido negada y manipulada en función de intereses particulares, aún cuando la gran mayoría de imágenes nos pasan desapercibidas y aún cuando muchas de ellas están disfrazadas o son claras “mentiras”, podemos agudizar el ojo y encontrar a fin de cuentas una memoria. Es la memoria la que más nos falta y es la memoria la que debemos desenterrar en todo sentido. Es en medio de esa masa de imágenes digitales donde todavía existimos y donde podemos vernos como realmente somos, si sabemos prestar atención.

    En los espacios educativos y expositivos que se generan dentro de La Fototeca tenemos la ventaja de la contemplación que su cultura nos adjudica. Los jóvenes fotógrafos aprenden a crear imágenes pero también a verlas. Y con ello, reconocen muchas veces la importancia de retratar de manera honesta y directa lo que somos como sociedad. Es allí donde la lente fotográfica sirve también como filtro, máscara y protección (armadura) y le da la seguridad al fotógrafo para ver lo que comúnmente no puede ser visto y de decir lo que no puede ser dicho en una sociedad predominantemente conservadora como la nuestra. Así, el trabajo de Kevin Frank, graduado de La Fototeca, nos pone de frente al mendigo, al pegamentero, los nichos vacíos y putrefactos del Cementerio General, los contrastes que nos caracterizan como país y como región, los espacios propios de la cotidianidad del guatemalteco común y por lo mismo, los más olvidados. Adriana López, arquitecta y fotógrafa, nos muestra las esquinas solitarias y decadentes del Centro Histórico, en todo su esplendor (artificial, con luz de flash). Es un registro que nos recuerda que somos producto de una historia y que esta historia que estamos trazando será definitoria. No es lo mismo decirlo o saberlo a fuerza de opiniones; como verlo, observarlo, agudizar los sentidos y enfrentarlo.

    COMUNIDAD, MEMORIA Y FUTUROS

    La Fototeca es, ante todo, una comunidad. Podemos hablar de una comunidad epistémica, incluso. Un colectivo guiado por una búsqueda compartida en la que se suman perspectivas, donde el individuo, quizás a veces subconscientemente, supera la noción del sujeto si bien su autonomía se refuerza en el proceso. “Mientras más comunitaria es una estructura, más profundamente individual puede ser la producción del pensamiento, la reflexión y el respeto a cada quien”. El diálogo que se desarrolla en La Fototeca está abierto y listo a ser ampliado cada vez más, a informarse y nutrirse, a despertar su conciencia. Comienza a rescatar de la clandestinidad cultural las voces de muchos creadores de imágenes y portadores de nuevos lenguajes. No es, así, un espacio para la transmisión de conocimiento sino para la construcción del mismo. En su naturaleza de comunidad, se convierte en el espacio idóneo para la búsqueda y la exploración común, así como para el planteamiento de respuestas construidas en la colectividad, generando a su vez nuevos cuestionamientos. En un país donde por regla no se piensa, el arte es una herramienta poderosa pues es formador del pensamiento.

    Fomentar una cultura visual, renovada y ampliada, significa también reencontrarnos a nosotros mismos: recuperar lenguajes originarios. La cultura visual hace un aporte a la comprensión de lo social, “revela y actualiza muchos aspectos no conscientes del mundo social”. De este modo, nos aproximamos a formas de comunicación y de construcción de saberes –a expresiones de sabiduría– que están fuera de la norma. Encontramos un nicho que hoy recupera fuerza con la gran ventaja de descubrir que existen otros mundos, a partir de otros lenguajes, y por ende otros futuros posibles. Quizás sea en esta época en la que las palabras en gran parte han perdido sentido, la época de las posverdades, la manipulación y los argumentos en 280 caracteres que la imagen termina por adueñarse del discurso. Es en la imagen donde aún podemos leer, si sabemos hacerlo, un recordatorio de lo que somos y de dónde venimos.

    La Fototeca no se ha propuesto solo formar a nuevos fotógrafos, sino crear una comunidad de los mismos, un movimiento fotográfico que no existía antes en Guatemala. Esto también conlleva una enorme responsabilidad. Es una comunidad que aún puede enriquecerse con otras perspectivas: “comprender que nuestro entendimiento y nuestro propio ser son una parte pequeña de un conocimiento más amplio e integrado”. En una época de “comunidades” virtuales e invisibles, un espacio de intercambio y de aprendizaje cooperativo sale a flote con gesto de esperanza. Y es que una comunidad integrada como La Fototeca –comunidad dentro de comunidades– tiene el potencial de superarse a sí misma y pasar, en este caso, de la profesionalización de los individuos a la construcción de una cultura. Puede pasar de brindar herramientas para la adaptación a un sistema particular a abrir espacios para la propuesta de otros sistemas posibles, a ampliar la participación en una sociedad necesitada de reminiscencias y culturas visuales propias, honestas, coherentes con su verdadera identidad. Que la imagen nos devuelva la memoria, que la imagen amplíe, no limite, nuestro lenguaje.

    Luisa González-Reiche
    HOLA MUNDO