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    «Eggleston’s influence on contemporary art photography has become recognized as central, not least because of his early validation of the use of colour in the 1960s and 1970s. Considered the ‘photographer’s photographer’, he continues to publish and exhibit internationally, his repertoire being constantly re-evaluated in the light of art photography’s increasing profile over the past thirty years.»

    Carta del Director

    Este texto fue publicado inicialmente en el libro «Lenguajes de Luz: Dos Siglos De Fotografía En Guatemala (1844-2018)», en Guatemala, noviembre de 2018.

    Diez años han pasado como un flash y durante toda una década, el Centro y Escuela de Fotografía Contemporánea La Fototeca, se mantiene fiel a su misión de educar, promover, documentar y celebrar la fotografía en Guatemala y la región.

    Entusiastas, fotógrafos y artistas han emprendido en el medio a través de un amplio abanico de programas educativos de todos niveles acompañado de fotógrafos, teóricos y gestores activos en las artes e industrias creativas. Hemos logrado consolidar una comunidad creativa como un verdadero laboratorio de estímulos para la creación y una fuente vibrante de generación de ideas fomentando la fotografía emergente. Todo esto orbitando la escuela como un proyecto independiente y de autogestión donde su madurez es el resultado del desarrollo orgánico de un espacio de experimentación en el cual nos juntamos y dialogamos sobre la fotografía y sus nuevos saberes. Un espacio de reunión e interconectividad a través de la convivencia donde se expanden los debates creando un tejido de encuentros para entendernos un poco más por medio del arte y el oficio fotográfico.

    La Escuela y Centro de Fotografía, La Fototeca, co fundada en el 2009 por los fotógrafos Clara de Tezanos y JJ Estrada T, otorga una plataforma integral y aparato cultural desde la fase educativa hasta la promoción del talento de aquellos estudiantes más comprometidos. Sus proyectos culturales como el Festival GuatePhoto, Galería Fototropía, El Trampolín, Espacio Satélite y las publicaciones Prisma y Lenguajes de Luz han fungido como un referente de la fotografía en la región; creando una plataforma global y redes entre fotógrafos, artistas, curadores, críticos, agentes culturales y entusiastas conectándose a través de la fotografía. El proyecto es impulsado por un equipo de jóvenes que creen profundamente que la fotografía es un lenguaje de luz que puede utilizarse para cuestionar el pasado, presente y futuro de nuestras sociedades hiper-conectadas y así inspirar a una nueva generación de artistas a causar un impacto positivo en su ser y sociedad.

    JJ Estrada T.

    La Fototeca y su aporte al desarrollo de la fotografía en Guatemala: Identidad, Registro, Comunidad

    Este texto fue publicado inicialmente en el libro «Lenguajes de Luz: Dos Siglos De Fotografía En Guatemala (1844-2018)», en Guatemala, noviembre de 2018.

    La idea de una escuela de fotografía en Guatemala, incluso en la primera década del siglo XXI, no solo resultaba novedosa sino que también constituía una ruptura. Resultaba novedosa porque el panorama cultural local aún era limitado.

    A pesar de que ya existían algunas instituciones comprometidas con la cultura, en su enfoque primaba un discurso de posguerra combinado con un deseo de alcanzar el ritmo de desarrollo que el arte contemporáneo estaba teniendo a nivel global, con énfasis en el conceptualismo. La Fototeca introducía una nueva posibilidad fuera de esos discursos y afanes. También significaba una ruptura, pues le abría las puertas a un mayor número de jóvenes artistas para comunicarse por medio de la imagen sin la necesidad de entrar a esa institución del arte contemporáneo, y ampliaba el campo en un país donde la mayoría de galerías de arte mantenían su negocio gracias a coleccionistas de pintura moderna de artistas de renombre.

    Esa ruptura también puede verse a nivel social. Abrir una escuela de fotografía con un cupo inicial de más de un centenar de estudiantes significaba darle herramientas a una generación que se había formado en un sistema educativo cada vez menos eficiente. En los años noventa, la visión de las agencias internacionales y las políticas educativas de “desarrollo” se tornaron de “calidad” a “cobertura” en la educación pública y el discurso neoliberal de la productividad y empleabilidad empezó a extenderse en la educación privada. La educación artística, por otro lado, era prácticamente nula y tradicionalista.

    La comunicación visual, más que la verbal, tiene el poder de ser disruptiva, sin miedo a la censura. Puede ser controversial sin serlo, crítica sin ser tomada de entrada como tal, puede ser una forma de incitación en apariencia inofensiva. En ello radica su poder. La comunicación que se da por medio de la imagen es directa, clara y accesible. Los jóvenes tenían ahora el potencial de apropiarse de instrumentos para hacerse oír, para oír a otros y para proponer, por medio de la imagen, perspectivas que antes no podían ser vistas, que habían permanecido acalladas o sumergidas en la oscuridad que nos dejó la guerra de más de 30 años durante el último cuarto del siglo XX.

    Esas herramientas constituían también una ruta. Los jóvenes fotógrafos que por primera vez se integraron a un programa formal de educación artística descubrieron no solo otras perspectivas sino también la oportunidad de definir un camino hacia la construcción de su propia identidad. De ese modo, en un contexto en proceso de (re) construcción y transformación en medio del conflicto, la inseguridad y la crisis (para lo que la zona 4 de la ciudad de Guatemala resulta una analogía idónea), una generación a la que le había sido privada su identidad comenzaba a buscarse.

    IDENTIDAD

    La generación nacida en la última década del siglo XX es hija de la generación del silencio y el escarnio. Creció en una época en la que era mejor no hablar como efecto de la represión de los años 80. “Los silencios pueden ser ausencias deliberadas o simplemente omisiones resultantes al momento histórico en que se priorizan determinados ejes temáticos”. Esa cultura, caracterizada por la falta de interés y participación, la escasez de voces y la uniformidad del pensamiento comenzó a cuestionarse y a romperse por medio del arte. Era solo por medio de otros lenguajes que podía hacerse una crítica directa al statu quo y los artistas no dudaron en hacerlo. En esa última década se dio un nuevo despertar en el arte, que ahora utilizaba medios de expresión no tradicionales, influyendo en un círculo reducido de la cultura local.

    Sin embargo, llegamos al siglo XXI aún en silencio. Las generaciones más jóvenes de clase media urbana, ya en un mundo globalizado con acceso a una gran cantidad de referentes visuales y artísticos, y con la influencia de una industria cultural más poderosa que nunca, estaban desprovistas de una voz que pudieran identificar como propia. La imitación, la aspiración capitalista y la negación de la propia esencia se normalizan en una cotidianidad bombardeada de mensajes, primordialmente visuales, que a pesar de ser “ruidosos” siguen manteniendo en silencio la historia y la realidad más próxima. A partir de 2011, muchos de esos jóvenes llegaron a La Fototeca a la búsqueda de algo, probablemente no siempre definido, pero al final una búsqueda, una necesidad propia de la edad pero también resultado de vivir en un lugar que por momentos parece no querer darnos mucho o nada.

    Esa búsqueda está motivada por un cuestionamiento y un auto cuestionamiento, por el deseo por descubrir un significado, de hacer sentido de las cosas. En un contexto artístico, esta búsqueda es natural pues se percibe como inherente al proceso creativo: se invita desde el inicio a los jóvenes artistas a comprometerse con esta y se la presenta como emocionante. Quizás por ello, es un gancho tan poderoso en un país como el nuestro. Es un acto de rebeldía que le resulta atractivo a la mayoría de los jóvenes. Pero la ganancia no es solamente esa. La exploración y el descubrimiento de significado implican la construcción de la identidad propia. El comprenderse mejor a uno mismo y comprender el propio entorno permite hacer interpretaciones informadas y desarrollar una narrativa personal. Significa conciliarse con la mortalidad, es una respuesta a la incertidumbre que caracteriza nuestra condición.

    Es por ello que La Fototeca, quizás sin quererlo, se fue convirtiendo en un espacio en donde una generación entera fue descubriendo su realidad y su relación con esta, a la vez que desarrollaba un lenguaje que le permitiera participar y superar un silencio que no sabía nombrar. La escuela de fotografía se volvió un espacio de “emergencias”, como las denomina Ernst Bloch, el “todavía no” posible que se hace un espacio entre lo que es y lo que no es.

    Los estudiantes de La Fototeca, muchas veces provenientes de distintos estratos, de distintas edades y disciplinas, descubren por medio de la fotografía que los sentimientos existen fuera de lo innombrable. Frecuentemente, estos estudiantes se ven confrontados consigo mismos. Espacios cotidianos y objetos personales se vuelven un retrato y luego una narrativa que conocían pero que no reconocían como propia. Así, esas primeras fotografías “serias” son un paso hacia atrás del “yo” que les obliga a observarse y pensarse por primera vez. Es una relación con la imagen que “supone una desfamiliarización, una toma de distancia con lo archiconocido, con la inmediatez de la rutina y el hábito”. Esto se ve claramente en la casa y los objetos de la abuela de Valeria Mejía, las intervenciones sobre los retratos del padre de Ana Werren, las escenas íntimas y la poesía de Bea Zamora. Las tres son estudiantes de La Fototeca cuyo trabajo fotográfico ha seguido desarrollándose y ocupando espacios clave en galerías, festivales y publicaciones. La imagen tiene ese poder. Observar implica pensar y pensar nos lleva a pensarnos a nosotros mismos.

    Esa observación pensada abre las posibilidades del pensamiento en adelante. Los estudiantes de arte en general pasan por un proceso de transformación en su manera de percibir el mundo e incluso de experimentarlo. Los profesores de La Fototeca hemos visto a innumerables personas que llegaron buscando un espacio para la dispersión y se quedaron habiendo descubierto no solo la lente fotográfica sino una lente propia nunca satisfecha, siempre curiosa, siempre cambiante.

    Walter Benjamin escribió hace un siglo: “Parecía que nuestros bares, nuestras oficinas, nuestras viviendas amuebladas, nuestras estaciones y fábricas nos aprisionaban sin esperanza. Entonces vino el cine y con la dinamita de sus décimas de segundo hizo saltar ese mundo carcelario”. Podemos decir que lo mismo sucede con la fotografía. Si bien es una imagen quieta, la fotografía suspende en el tiempo un gesto, un detalle, un lugar que de otro modo no habría sido visto. Lo abstrae del barullo cotidiano para ponérnoslo enfrente y nos hace contemplarlo, como no contemplamos la cotidianidad, sobretodo hoy que nuestra vida tiene un ritmo cada vez más veloz y que nuestro afán por imitar el cine comercial nos ha llevado a borrar ese límite que antes existía entre la toma cinematográfica y la rutina diaria. Tampoco las redes sociales y su característico bombardeo de imágenes nos da la posibilidad de la contemplación, pues ahí no existe la quietud, solo la prisa, la superficialidad, la ansiedad por lo que viene después en detrimento del ahora. Hoy, es la quietud de la imagen fotográfica en el contexto expositivo y en el aula en la que los estudiantes de La Fototeca la crean y (re) descubren, la que nos sorprende y nos regala “detalles escondidos de nuestros enseres más corrientes”, y nos permite emprender “viajes de aventuras”.

    Afinar el ojo y los sentidos significa magnificar la sensibilidad, ponerla al frente. La sensibilidad y la empatía van de la mano. En un país que por herencia niega y resiste la sensibilidad, el que exista un espacio educativo y expositivo donde esta es central es, en sí mismo, un acto disruptivo. Son escuchados y escuchan, son observados y observan. Los nuevos fotógrafos experimentan un cambio en sus nociones de lo estético pero también en sus valores. Aprenden a ver la fotografía de una manera distinta y con ello también a ver el mundo y a verse a sí mismos de otro modo. Y eso ya es bastante, aunque aún falte seguir cuestionando la episteme para comenzar a plantearnos una realmente nuestra. Pasar, verdaderamente, de la identidad individual a la recuperación del “nosotros”

    REGISTRO

    El proceso de aprendizaje de los estudiantes de fotografía está definido por la práctica del registro. Ese registro le da centralidad al proceso en tanto que documenta cada decisión y cada paso que el aprendiz va dando. Ver el propio proceso es una forma de ver el propio pensamiento: es un acto metacognitivo.

    La documentación que realiza el estudiante tiene dos dimensiones: documenta su entorno, objetos o personajes a la vez que va documentando su proceso creativo, su evolución como artista o como creador de imágenes. Queda grabado así, tanto el momento de su nacimiento como tal, como el del surgimiento de una gramática que pueda llamar propia. La evidencia que recopila, recolecta, procesa e integra se convierte en el respaldo, la prueba misma de su desarrollo, de sus alcances. Es por ello que ese registro tiene una cualidad narrativa, es la historia de una experiencia. Es un acontecimiento, más que un resultado, que da lugar a un registro autobiográfico, haciéndole un guiño a Harold Rosenberg.

    Es en la práctica donde el aprendiz se hace creador de imágenes, es así como llega a dominar su instrumento y eventualmente a dar el paso del dominio a la creación. Esa práctica le brinda la posibilidad de descubrir constantemente cosas nuevas: ver con otros ojos a través de la lente, ver a través de la lente de otros y descubrir otras perspectivas en las imágenes creadas por los fotógrafos ya consagrados. Es una práctica de la cámara y de la habilidad de observar.

    Observar el trabajo de otros se convierte en una manera de aprender otros idiomas y asomar el rostro en otros mundos. Como una Torre de Babel donde, a la vez que surgen los idiomas también se desarrolla un entendimiento de cada uno de ellos. La mayoría de los estudiantes que llegan a La Fototeca no tienen un conocimiento previo del mundo de la fotografía y sus principales representantes, por lo que estos se convierten en parte del claustro que ha de guiarlos. De ese modo, adoptan nuevos referentes: muchos se enamoran y pasan por una etapa de imitación. Pero ese “probarse el traje” del fotógrafo les brinda estrategias y métodos que pueden resultarles efectivos; estrategias y métodos que, como lo reflejará el registro de su proceso, se vuelven parte del aprendizaje colectivo de la escuela.

    Tener un nuevo lenguaje nos da la posibilidad de decir cosas nuevas, cosas diferentes, de hacer pronunciable lo inconmensurable. Decir significa también nombrar. Permite crear metáforas, alegorías y metonimias y “transformar objetos imposibles en objetos posibles, objetos ausentes en objetos presentes”. Tener a la vista el proceso en que dicho lenguaje fue emergiendo tiene un valor adicional. Ver hacia atrás y reconocer el camino que nos ha llevado a donde estamos es algo que la educación en general aún tiene que aprenderle a la educación artística. Con ello, aceptar que el proceso está lleno de complicaciones y sobretodo de incerteza.

    Generalmente, se nos hace pensar que la certeza es mejor. Se nos ha dicho que debemos buscar la certeza; la respuesta correcta y definitiva, la estabilidad. Pero la certeza, en su fijación, se petrifica, estancando la construcción del conocimiento. El aprendizaje no se da en un lugar estable. El conocimiento solo surge de la duda y de la apertura a otros puntos de vista. Es necesario darle cabida a lo incierto, que es por naturaleza inseguro. Reconocer el aprendizaje como propio y compartido, como un proceso de naturaleza cambiante, caracterizado por el desequilibrio, los retos y los cuestionamientos lleva a una indagación con la cual comprometerse íntimamente, a largo plazo. Los archivos de fotografías tomadas, de imágenes borrosas, de escenas movidas, son una “memoria del hacer” como diría Heidegger. Y esa memoria es fundamental para la construcción de lo nuevo, es el trazo de una ruta palpable que permite el avance.

    Observarse es escucharse. Escucharse por medio de las imágenes y aprender a leer a los otros por medio de las imágenes que crean. Ser escuchados profundamente es ser valorados y requiere estar abierto a la provocación. Los estudiantes reciben pero también están obligados, a cambio –como en un acto de agradecimiento– a dar crítica. La Fototeca está llena de momentos para la retroalimentación y por ello sus integrantes pueden verse más como pensadores que meros aprendices. La única regla que existe en ese proceso es la de la escucha atenta. Las fotografías no se evalúan, se valoran. Los estudiantes saben que todo lo que hacen tiene valor y significado.

    La documentación que se genera permanentemente también es un registro de la realidad de un país, de una generación, de un momento histórico. El mundo visual y sus prácticas de representación son ventanas y también lentes de aumento para ver directamente cómo piensan los creadores de imágenes, qué valoran, cómo entienden la realidad, y a partir de ello, ver la realidad de una manera más amplia y completa. Como apunta Macherey: “Cuando se ve cómo fue hecho un libro, también vemos desde dónde fue hecho; este defecto le da una historia y una relación con lo histórico”.

    Nos enfrentamos entonces a un reto adicional de la escucha atenta y de la observación pensante: lo que vemos y lo que no. Pues en el acto de documentar una cosa sobre la otra o resaltar un objeto sobre otro podemos leer otros significados. “Al enseñarnos un nuevo código visual, las fotografías alteran y amplían nuestras nociones de lo que merece la pena mirar y de lo que tenemos derecho a observar. Son una gramática y, sobre todo, una ética de la visión”, y lo que tenemos derecho a mirar es producto de nuestro contexto, así como la gramática y la ética de la visión. Es importante reconocer estos reflejos y refuerzos de un esquema existente pues en su identificación radica también la posibilidad de cuestionarlos.

    “Toda fotografía es una ficción que se presenta como verdadera. Contra lo que nos han inculcado, contra lo que solemos pensar, la fotografía miente siempre, miente por instinto, miente porque su naturaleza no le permite hacer otra cosa (…). El buen fotógrafo es el que miente bien la verdad”. Esta es la paradoja de la fotografía como documentación: documenta y falsea a la vez pues en esa falsificación de la realidad pone en evidencia a la realidad misma: los intereses, las influencias del pensamiento, el marco ideológico, las limitaciones sociales, la opresión. Mentir bien la verdad adquiriría entonces otro significado en este contexto y quizás en muchos otros. Sería disfrazar algo poniendo en evidencia, con el engaño, la verdadera agenda, el “subconsciente”. Es el disfraz de los personajes del joven fotógrafo Martín Wannam, que en su exageración se desnudan.

    Es así como por medio de la fotografía seguimos certificando nuestra experiencia –la experiencia humana. Vivimos, de hecho, en una época en la que todos lo hacemos, como habiendo seguido la recomendación sontageana de que “todo existe para culminar en una fotografía”. Pero en un contexto donde la memoria ha sido negada y manipulada en función de intereses particulares, aún cuando la gran mayoría de imágenes nos pasan desapercibidas y aún cuando muchas de ellas están disfrazadas o son claras “mentiras”, podemos agudizar el ojo y encontrar a fin de cuentas una memoria. Es la memoria la que más nos falta y es la memoria la que debemos desenterrar en todo sentido. Es en medio de esa masa de imágenes digitales donde todavía existimos y donde podemos vernos como realmente somos, si sabemos prestar atención.

    En los espacios educativos y expositivos que se generan dentro de La Fototeca tenemos la ventaja de la contemplación que su cultura nos adjudica. Los jóvenes fotógrafos aprenden a crear imágenes pero también a verlas. Y con ello, reconocen muchas veces la importancia de retratar de manera honesta y directa lo que somos como sociedad. Es allí donde la lente fotográfica sirve también como filtro, máscara y protección (armadura) y le da la seguridad al fotógrafo para ver lo que comúnmente no puede ser visto y de decir lo que no puede ser dicho en una sociedad predominantemente conservadora como la nuestra. Así, el trabajo de Kevin Frank, graduado de La Fototeca, nos pone de frente al mendigo, al pegamentero, los nichos vacíos y putrefactos del Cementerio General, los contrastes que nos caracterizan como país y como región, los espacios propios de la cotidianidad del guatemalteco común y por lo mismo, los más olvidados. Adriana López, arquitecta y fotógrafa, nos muestra las esquinas solitarias y decadentes del Centro Histórico, en todo su esplendor (artificial, con luz de flash). Es un registro que nos recuerda que somos producto de una historia y que esta historia que estamos trazando será definitoria. No es lo mismo decirlo o saberlo a fuerza de opiniones; como verlo, observarlo, agudizar los sentidos y enfrentarlo.

    COMUNIDAD, MEMORIA Y FUTUROS

    La Fototeca es, ante todo, una comunidad. Podemos hablar de una comunidad epistémica, incluso. Un colectivo guiado por una búsqueda compartida en la que se suman perspectivas, donde el individuo, quizás a veces subconscientemente, supera la noción del sujeto si bien su autonomía se refuerza en el proceso. “Mientras más comunitaria es una estructura, más profundamente individual puede ser la producción del pensamiento, la reflexión y el respeto a cada quien”. El diálogo que se desarrolla en La Fototeca está abierto y listo a ser ampliado cada vez más, a informarse y nutrirse, a despertar su conciencia. Comienza a rescatar de la clandestinidad cultural las voces de muchos creadores de imágenes y portadores de nuevos lenguajes. No es, así, un espacio para la transmisión de conocimiento sino para la construcción del mismo. En su naturaleza de comunidad, se convierte en el espacio idóneo para la búsqueda y la exploración común, así como para el planteamiento de respuestas construidas en la colectividad, generando a su vez nuevos cuestionamientos. En un país donde por regla no se piensa, el arte es una herramienta poderosa pues es formador del pensamiento.

    Fomentar una cultura visual, renovada y ampliada, significa también reencontrarnos a nosotros mismos: recuperar lenguajes originarios. La cultura visual hace un aporte a la comprensión de lo social, “revela y actualiza muchos aspectos no conscientes del mundo social”. De este modo, nos aproximamos a formas de comunicación y de construcción de saberes –a expresiones de sabiduría– que están fuera de la norma. Encontramos un nicho que hoy recupera fuerza con la gran ventaja de descubrir que existen otros mundos, a partir de otros lenguajes, y por ende otros futuros posibles. Quizás sea en esta época en la que las palabras en gran parte han perdido sentido, la época de las posverdades, la manipulación y los argumentos en 280 caracteres que la imagen termina por adueñarse del discurso. Es en la imagen donde aún podemos leer, si sabemos hacerlo, un recordatorio de lo que somos y de dónde venimos.

    La Fototeca no se ha propuesto solo formar a nuevos fotógrafos, sino crear una comunidad de los mismos, un movimiento fotográfico que no existía antes en Guatemala. Esto también conlleva una enorme responsabilidad. Es una comunidad que aún puede enriquecerse con otras perspectivas: “comprender que nuestro entendimiento y nuestro propio ser son una parte pequeña de un conocimiento más amplio e integrado”. En una época de “comunidades” virtuales e invisibles, un espacio de intercambio y de aprendizaje cooperativo sale a flote con gesto de esperanza. Y es que una comunidad integrada como La Fototeca –comunidad dentro de comunidades– tiene el potencial de superarse a sí misma y pasar, en este caso, de la profesionalización de los individuos a la construcción de una cultura. Puede pasar de brindar herramientas para la adaptación a un sistema particular a abrir espacios para la propuesta de otros sistemas posibles, a ampliar la participación en una sociedad necesitada de reminiscencias y culturas visuales propias, honestas, coherentes con su verdadera identidad. Que la imagen nos devuelva la memoria, que la imagen amplíe, no limite, nuestro lenguaje.

    Luisa González-Reiche

    Retrato de una Historia de Luz

    Este texto fue publicado inicialmente en el libro «Lenguajes de Luz: Dos Siglos De Fotografía En Guatemala (1844-2018)», en Guatemala, noviembre de 2018.

    Ningún proyecto grande fue fácil, ningún movimiento importante inició sin cierta fricción elemental. Las transformaciones que dejan huella son aquellas que han experimentado, de alguna manera, la fuerza telúrica, la explosión del magma, el deseo ardiente e indetenible de salir a la luz para ser luz. La única capacidad humana que ha podido abrazar la fuerza de los movimientos grandes es el amor. El amor como principio y como motor, como empeño, voluntad, riesgo y conciencia.

    Es imposible hablar de fotografía y del ejercicio fotográfico sin pensar en el amor, brújula esencial que guía el camino personal o colectivo hacia la conciencia y la creación. La pasión con que el ojo encuentra el misterio tiene la valentía de apuntarle, verle, exponerle ante el mundo. La pasión que se alimenta de realidades se convierte en oráculo, en sendero.

    El presente ejercicio tiene mucho de pasión, búsqueda y convicción. Es un paso más en el proceso de investigar y exponer la historia de la fotografía en Guatemala: sus elementos, recursos, vaivenes y actores, vistos desde las miradas local e internacional. Este documento está formado por las voces y experiencias de artistas, gestores y críticos del arte, iniciando con anotaciones de Clara de Tezanos y Juan José Estrada Toledo, fotógrafos fundadores de La Fototeca, del Festival Internacional de Fotografía GuatePhoto y creadores de innumerables eventos orientados a educar, promover, documentar y celebrar la fotografía en el país.

    DOS ARTISTAS EMPRENDEDORES

    La historia de estos artistas y emprendedores guatemaltecos ha sido marcada por la fotografía a nivel personal y profesional, abriendo un nuevo panorama de posibilidades para el oficio y generando plataformas para el desarrollo de cientos de personas en campos como el arte, la publicidad, la comunicación y el diseño, entre otros.

    Ella, una fotógrafa de profesión, con una visión muy poética de la creación. Él, un fotógrafo con raíces en el mundo de los negocios y el deporte. Dos creativos que encontraron puntos en común y se lanzaron al mundo para proponer ideas, con un espíritu dinámico y un deseo genuino por compartir con el público el poder de la imagen.

    Tras concluir sus estudios en Francia y España respectivamente, ambos volvieron a Guatemala en el año 2008 con muchas ideas y proyectos, redescubriendo el mundo fotográfico local, con sus peculiaridades y potencialidades, pero sobre todo con una serie de obstáculos propios del país. Este panorama, un tanto accidentado, se convirtió en un reto para ambos fotógrafos,

    impulsándolos a tomar su propio camino a fin de generar dinámicas que les permitieran mantener vivo el ejercicio fotográfico, abriendo canales de educación y promoción para la fotografía.

    Este fue el punto de partida para los primeros pasos de La Fototeca, una institución educativa especializada en fotografía que abrió sus puertas en el año 2009, generando una sinergia importante con fotógrafos y artistas visuales reconocidos a nivel local e internacional, cuya experiencia y talento han contribuido a la formación de personas interesadas en el oficio y a la exploración de la imagen.

    EL CONTEXTO HISTÓRICO

    La década de los 2000 fue un escenario nutrido a nivel artístico en Guatemala, posiblemente como resultado de los procesos desarrollados por generaciones anteriores, y por las iniciativas de artistas que se abrieron paso durante los primeros años posteriores a la firma de los Acuerdos de Paz en 1996. Los festivales de arte funcionaron en aquel entonces como plataformas de expresión para un grupo muy diverso de artistas consolidados y emergentes.

    Fue también un período que vio nacer a nuevas y renovadas instituciones dedicadas a la documentación, educación y promoción del arte visual en términos generales. Con sus altibajos, aciertos y desaciertos, el final de esta década marcó el panorama inicial en donde Clara de Tezanos y Juan José Estrada comenzaron a generar nuevas propuestas desde y para el campo fotográfico, con la visión y mística propias de su generación.

    Juan José Estrada Toledo: “En nuestros inicios, el panorama de la fotografía en Guatemala tenía algunos referentes. Sin embargo, no existían muchos documentos o publicaciones sobre el oficio, ni una cultura de documentación de la historia de la fotografía en el país. Algunas referencias que descubrimos en el camino fueron, por ejemplo, el libro de la obra de Julio Zadik y alguno que otro folleto de eventos fotográficos, así como algunos documentos especializados.

    Entre los espacios, instituciones y artistas que recuerdo de aquel momento puedo nombrar a Foto Europa, Centro Cultural de España en Guatemala –CCEG–, Proyectos Ultravioleta, Club Fotográfico de Guatemala, y artistas como Luis González Palma, Daniel Chauche, Alan Benchoam y los proyectos de Andrés Asturias como el Estudio A2 y la Revista RARA.

    Este primer acercamiento al medio artístico nos dio la oportunidad de interactuar con un grupo de personas creativas que mantienen, hasta la fecha, un proceso constante de análisis y reflexión de la realidad. Adicionalmente, tuvimos la suerte de haber coincidido con los avances de la era digital y sus herramientas tecnológicas, ya que de otra manera hubiese sido más difícil trascender las fronteras para exponer nuestro trabajo y el de muchos artistas a nivel internacional.

    Cabe mencionar que en nuestros primeros pasos logramos crear una alianza importante con fotógrafos como Alan Benchoam, que ya era toda una institución en el mundo fotográfico, no solo por su trabajo artístico, sino por su labor docente. Un tiempo más tarde logramos coincidir con Andrés Asturias, cuya labor en el mundo del arte ha marcado un precedente importante”.

    Clara de Tezanos: “Iniciamos con mucha fuerza y ganas de crear cosas nuevas. Queríamos generar un impacto positivo en el país por medio de un proyecto fotográfico. No teníamos miedo de nada y creo que eso nos impulsó a desarrollar iniciativas en un contexto que carecía de muchos elementos para la producción de arte, especialmente fotográfico.

    Comenzamos con la idea fundamental de educar, promover, documentar y celebrar la fotografía. Quisimos generar un proyecto que formara a la siguiente generación de fotógrafos en Guatemala. Profesionales que fueran más allá de la imagen, que produjeran mensajes y reacciones ante varios de los aspectos de su mundo, de su sociedad. Que emplearan de una forma consciente y responsable, la herramienta de la fotografía y que pudieran generar una imagen positiva del país ante el mundo, sin perder la claridad de sus ideas y de su identidad. También queríamos generar conciencia del trabajo artístico local e internacional de artistas consolidados y emergentes, por medio de convocatorias abiertas y exhibiciones en Guatemala y otros países.

    Adicionalmente, quisimos aportar al imaginario local información valiosa de otras latitudes por medio de conferencias de artistas internacionales. Al estudiar en universidades de otros países y haber tenido la oportunidad de asistir a los más importantes festivales internacionales de fotografía, pudimos abrir la mente e inspirarnos para crear y promover nuestras ideas. Una experiencia que definitivamente queríamos compartir con las demás personas. Este fue el inicio de La Fototeca”.

    UN PROYECTO LLAMADO LA FOTOTECA

    La Fototeca se ha consolidado como una escuela y centro de fotografía que gestiona talleres, programas y diplomados, charlas, exhibiciones y eventos culturales. Además, produce festivales especializados y contenido editorial. Promueve el trabajo de fotógrafos emergentes y establecidos, generando puentes con coleccionistas, instituciones, entusiastas y público en general, en torno al arte fotográfico.

    La escuela ha sido el pilar de la institución y ha logrado formar a más de 3,000 fotógrafos por medio de cursos impartidos por profesionales nacionales e internacionales. Ha sido un punto de encuentro para el medio de la fotografía en el país, en el que se ha formado una interesante generación de nuevos creadores guatemaltecos, aportando no solamente al medio fotográfico, sino a industrias como el diseño, la publicidad, la comunicación, entre otras.

    Clara de Tezanos: “Toda esta historia inició gracias a un genuino amor por el arte fotográfico y el principio fundamental de dar, dar en abundancia. Iniciamos impartiendo clases de lunes a domingo, donando nuestras cámaras antiguas para crear el Museo de la Fotografía, y también nuestros libros para construir una biblioteca que actualmente cuenta con más de 1,000 títulos especializados. Comenzamos a gestionar talleres con artistas y profesionales de otros países, como el caso de Alejandro Cartagena de México, Agustín Fallas de Costa Rica, Christian Witkin y Lydia Panas de Estados Unidos, entre otros. Esta labor requirió que volcáramos toda nuestra energía al proyecto. Por mi parte, tuve que dejar por un tiempo mi carrera como fotógrafa para dedicarme a su dirección, ejecutando ideas e involucrándome al cien por ciento, sumando esfuerzos con Juan José, cuyo talento para desarrollar y hacer crecer los negocios nos permitió que La Fototeca se fuera para arriba en el año 2012, fecha en la que creamos un diplomado de fotografía que duraba un año. Habilitamos todas las instalaciones de nuestra sede para preparar los estudios y crear un canal abierto al mundo fotográfico”.

    Juan José Estrada: “Contamos con un edificio en el barrio de 4 Grados Norte, disponible para adecuarlo según nuestras necesidades. Tuvimos además, la sede del Café Despierto, un espacio público perfecto para que artistas y emprendedores interactuaran y generaran ideas y proyectos de forma orgánica, muy al estilo de la Ilustración o Siglo de las Lucea, un rasgo clave en las dinámicas de nuestra generación.

    Otro aspecto importante de nuestra labor en La Fototeca fue la necesidad de crear un modelo cultural autosostenible que promoviera el arte y la creación desde una base filosófica mucho más existencial, a diferencia de lo que se venía trabajando en el pasado. La escuela de fotografía permitió generar fondos para el desarrollo y lanzamiento de otros proyectos culturales relacionados, como exhibiciones locales e internacionales, intercambio de artistas y experiencias, además de eventos tan importantes como el festival GuatePhoto. Algunas de estas iniciativas han abierto las puertas al mundo de la fotografía a personas de todos los puntos del país, por ejemplo los programas impartidos a comunidades de Quetzaltenango, Santa Cruz del Quiché, Sololá y la ciudad de Guatemala, en donde los docentes participantes eran alumnnos de La Fototeca”.

    Clara de Tezanos: “Sobre esa idea, puedo decir que La Fototeca es una institución que brinda herramientas e información para impulsar el autoconocimiento, para luego poder expresarse por medio de la fotografía. Este es un proceso que genera mucha instrospección en los participantes, una de las características de nuestro enfoque como escuela. Esta didáctica ha tenido eco en el grupo de artistas docentes, con quienes se ha generado una sinergia muy interesante para la aplicación de nuestra metodología educativa. Algunos de los talentosos artistas locales que se han sumado a este equipo son: Luis González Palma , Byron Mármol, Andrés Asturias, Renato Osoy, Juan Brenner, Alan Benchoam, entre otros, destacando el aporte de la educadora Luisa González-Reiche en el diseño de la metodología de la escuela en sus inicios. Por otra parte, hemos tenido la oportunidad de integrar talento internacional como el caso de los artistas Ferit Kuyas, Marco López, Arno Rafael Minkinen, Yvonne Venegas, entre otros, quienes han aportado otras visiones a la experiencia educativa de los alumnos y el público en general”.

    HISTORIA DE UN FESTIVAL

    El festival GuatePhoto inició en julio del 2010, logrando hasta la fecha cuatro ediciones. La primera de estas fue co-producida con FotoVisura y se llevó a cabo en el Museo Nacional de Arte Moderno “Carlos Mérida” con cinco exhibiciones y más de 400 obras. Entre las exhibiciones se realizó una internacional, cuya convocatoria obtuvo 500 propuestas de 30 países. A su vez, el festival logró reunir a grandes instituciones e individuos del mundo de la fotografía y otorgó la oportunidad a un público de 10,000 personas de presenciar un evento de alta calidad.

    Juan José Estrada: “Previo a desarrollar un proyecto de la magnitud de GuatePhoto, tuvimos un encuentro que nos marcó mucho. Ocurrió en el New York Photo Festival 2009, en donde conocimos a la curadora portorriqueña Adriana Teresa y a su esposo Graham Letorney. La curadora gestionaba en esa ocasión una muestra del artista guatemalteco Luis González Palma en Nueva York. Le propusimos la idea de replicar un modelo del festival en Guatemala y ella aceptó la idea, dando como resultado el nacimiento de GuatePhoto en el año 2010”.

    Clara de Tezanos: “Adriana Teresa nos abrió las puertas para la internacionalización del festival, por su experiencia y contactos en varios países, especialmente en Estados Unidos, gracias a su gestión en el New York Photo Festival y en FotoVisura. Adicionalmente, considero que esta pareja generó una especie de espejo para Juan José y para mí, por la dinámica que han llevado juntos en el mundo del arte”.

    Juan José Estrada: “Es importante mencionar que el festival GuatePhoto se logró gracias a una particular combinación de elementos, iniciando con el apoyo de José Mario Maza, quién abrió las puertas del Museo Nacional de Arte Moderno «Carlos Mérida» para albergar la primera edición del festival. Por otra parte, 4 Grados Norte estaba resurgiendo como un distrito cultural renovado dentro de la ciudad, que proyectaba otra actitud ante el público, abrazando nuestros esfuerzos como centro de arte y fotografía. Adicionalmente, el festival Foto30 tenía cubiertas ciertas temáticas para el público, lo que nos permitió incorporar nuevas reflexiones desde una perspectiva más global, con la participación de muchos artistas internacionales”.

    Clara de Tezanos: “Fue impresionante la respuesta del público local y el impacto que generó en la comunidad internacional, desde la primera edición, logrando mucha simpatía y apoyo, sobre todo porque muchos fotógrafos e instituciones estaban sorprendidos por la calidad de producción que se estaba logrando en el país. Esta idea nos sugiere que el festival nació con un espíritu mucho más global, el mismo que ha mantenido a lo largo de 10 años de trabajo.

    En la edición de 2012, logramos alianzas muy positivas, trabajando con artistas y gestores como Andrés Asturias y su proyecto Revista RARA. Junto a Andrés, logramos gestionar espacios que posterioremente se convertirían en íconos de la escena artística contemporánea, como el proyecto La Erre en la zona 4 y Fototropía en la zona 13. Ambos espacios fueron obtenidos dentro del proceso de búsqueda de locaciones para el festival.

    En el caso de Fototropía, fue un espacio valioso para la promoción de la fotografía dentro del mercado del coleccionimo, logrando promover y posicionar la obra de varios artistas nacionales e internacionales. Este espacio de experimentación buscó generar reflexiones y pensamiento crítico sobre la imagen como medio artístico. En su tiempo de vida, produjo charlas educativas y comercializó el trabajo de muchos artistas emergentes y establecidos, y fue la única galería del país especializada en fotografía.

    Otros de los avances logrados en la edición de 2102 de GuatePhoto fue el uso de los espacios alternativos de zona 4 como plataformas de exhibición de la fotografía. Se realizaron 19 exhibiciones y eventos como talleres, charlas, revisión de portafolios y se contó con la participación de más de 60 países, en una convoctoria internacional que tuvo un aproximado de 1,000 solicitudes. Esta edición tuvo la participación de destacados artistas como Roger Ballen y Erwin Olaf, entre otros.

    La edición del 2015 también fue memorable por sus logros y su mística particular. Fue el primer festival del país patrocinado por las personas, por medio de una dinámica de crowdfunding, respondiendo al espíritu de la época y brindándonos una retroalimentación inmediata de la fe de los nuevos públicos en relación a la fotografía y la cultura. Se realizaron más de 50 exposiciones en todas las galerías y centros culuturales en la ciudad de Guatemala y La Antigua Guatemala. Recibimos 1,700 solicitudes durante la convocatoria internacional Open Call, con propuestas de 75 países. Adicionalmente, contamos con la presencia de los destacados artistas Marcos López y Arno Rafael Minkinem”.

    Juan José Estrada: “Diez años más tarde, podemos decir que GuatePhoto es uno de los festivales de arte y fotografía más importantes de Latinoamérica, por medio del cual hemos podido gestionar exposiciones del más alto nivel, con una execelente capacidad de convocatoria y la calidad necesaria para participar en eventos internacionales como el New York Photo Festival.

    La dimensión del festival ha sido comparable a la de referentes tan importantes como el festival PHotoESPAÑA, que en su momento solía producir más de 100 exhibiciones por edición, mientras que nosotros llegamos a realizar más de 50 muestras en la última edición de GuatePhoto.

    Esto ha impresionado mucho a la comunidad internacional, porque se confirma que es posible generar un evento de esta magnitud en Guatemala, algo que solo se puede lograr con el apoyo, talento y estilo de trabajo de una nueva generación de profesionales de la fotografía, el diseño y la comunicación, como: Mauricio González, Mariandré Massanet, Kenny Siliezar, Karen Fulhrott, Marcela Polo, David Bozareyes, Víctor Martínez, entre otros.

    Gran parte de esta familia se ha logrado integrar a la comunidad de GuatePhoto, acuerpando y fortaleciendo el equipo de trabajo. Por ejemplo, en la edición del 2012, contamos con el apoyo de más de 500 voluntarios. Esto nos alegra porque entendemos que el público se está interesando y vinculando mucho más al medio fotográfico. Este nuevo acercamiento es posible, probablemente, por ser un medio accesible, democrático, que permite crear y expresarse de maneras interesantes con muchas herramientas prácticas y con una capacidad de compartir inmediatamente las ideas con el gran público, más allá de las fronteras”.

    LOS APORTES AL MEDIO FOTOGRÁFICO

    A lo largo de casi una década, La Fototeca y el festival GuatePhoto han logrado generar vínculos profundos con la comunidad local e internacional en torno a la imagen, mostrando a lo largo de su historia, el trabajo de más de 1,000 fotógrafos de 70 países por medio de 100 exhibiciones y actividades culturales relacionadas, como charlas, presentaciones, sesiones de revisión de portafolios, entre otras.

    La Fototeca ha logrado generar propuestas dentro del universo del arte y la fotografía a nivel local e internacional por medio de dinámicas y proyectos que han servido de puente para la difusión del arte fotográfico. Proyectos como Espacio Satélite han servido de plataforma para la exhibición de nuevas propuestas creativas tanto para artistas establecidos como emergentes. El espacio ha contado con muestras como: “Lente Convergente, Territorio Coincidente” de Alejandro Cartagena y, entre otras de Ferit Kuyas, Lydia Panas e Yvonne Venegas, así como otras propuestas de fotógrafos como Ana Werren, Margo Porres y Kevin Frank, entre otros.

    La interacción y disfusión a nivel mundial ha sido uno de los puentes para conectar el talento local con públicos de varias latitudes. La Fototeca ha impulsado la participación de alumnos y artistas en festivales internacionales como el Pingyao Photo Festival en 2013 y 2014, en China, o en el Palacio de Cibeles de Madrid, España en el año 2014. Dinámicas como la revisión de portafolios o las residencias artísticas han servido para generar sinergias entre artistas locales y extranjeros, dentro de estos cabe mencionar eventos de revisión de portafolios en el Festival de la Luz, FotoFest, Photolucida, Trasatlántica PHotoESPAÑA, Tokyo PhotoFestival, entre otros, y las residencias artísticas de alumnos como Kevin Frank en Marsella, Francia y Meme Coguox en Madrid, España.

    El proyecto Prisma ha sido uno de los recursos más importantes de la labor de documentación realizada por La Fototeca. Por medio de publicaciones periódicas, muestra una selección de los artistas jóvenes más destacados del medio, estableciendo un mapa del contexto cultural por medio de las voces de las nuevas generaciones de creadores. En su tercera edición, ha mostrado un acercamiento intersante a los actores del presente, impulsando su trabajo y su labor creativa dentro del medio del arte local e internacional.

    En la cuarta edición del festival, la visión apunta hacia el interior, hacia lo local, hacia aquello que ha captado la atención de fotógrafos y creadores guatemaltecos a lo largo de la historia. Para esto ha sumando dos grandes innovaciones y aportes históricos: la producción del libro “Lenguajes de Luz. Dos siglos de fotografía en Guatemala (XIX–XXI)”, y el primer Premio Nacional de Fotografía “Luis González Palma”, con el que se honra el trabajo y trayectoria de este reconocido artista guatemalteco, y a su vez, se estimula la creación de los nuevos talentos en el medio.

    Clara de Tezanos: “Siempre hay relevos y cada generación va marcando su camino. Por ejemplo, la mía creció con las referencias de los archivos fotográficos de CIRMA o de la escuela del Grupo Imaginaria y su etapa posterior, Espacio Colloquia, o del trabajo de fotoperiodismo de la guerra interna del país. Posteriormente llegó una nueva generación que tuvo sus propios referentes locales e internacionales, cuyos proyectos y equipos de trabajo como el de La Fototeca y La Erre comienzan a generar una influencia muy importante.

    El mundo del arte contemporáneo dirige ahora su mirada hacia esta nueva generación, dentro de la que destacan alumnos egresados de La Fototeca. Varios de ellos ya tienen un cuerpo de trabajo que les abre puertas tanto adentro como afuera del país, algunos de ellos son Ana Werren, Margo Porres, Santiago Penados, Kevin Frank, Bea Zamora, Debbie Medina, Martín Wannam y el Colectivo Agalma, entre otros.

    Analizar estas relaciones generacionales nos permite entender el momento y lugar en el que nos encontramos en el presente. Un presente que queremos dejar registrado en las páginas de la historia, en especial en este libro”.

    Juan José Estrada: “Uno de los objetivos primordiales del presente ejercicio de investigación y documentación es reconocer que nosotros representamos solamente un capítulo de una historia mucho más extensa: la historia que Guatemala le ha aportado a la fotografía. Porque hemos sido un país referente de trabajo y desarrollo para el medio fotográfico de la región. Esto lo podemos apreciar, no solamente por medio de la labor de las instituciones culturales, sino de la obra y trayectoria de artistas como Luis González Palma, que han trascendido las fronteras.

    Esta es una breve muestra de la evolución y del aporte de todos los actores participantes, que han posicionado al país y al medio fotográfico a nivel mundial. Es un aporte a la teoría y a la documentación para el estudio de la fotografía de Guatemala.

    Creemos que es importante trazar un puente hacia las nuevas generaciones, demostrando que en Guatemala es posible el desarrollo de campos como el fotográfico. Esperamos que esta llama y efervescencia no muera nunca y sea relevada en el futuro”.

    Alejandro Marré
    HOLA MUNDO